Amalia
Amalia —Por ahora, nada más, Excelentísimo señor. Espero el paquete.
—Entonces, usted me dispensará, porque tengo que hacer —dijo Rosas, levantándose.
—Ni un minuto quiero que pierda Vuecelencia su precioso tiempo.
—Sí, señor Mandeville, tengo mucho que hacer, porque mis amigos no me saben ayudar en nada.
Y Rosas salió del cuarto llevando en pos de sí al señor Mandeville, más débil y sumiso y humillado que el último lacayo de la Federación de entonces.
Más por un efecto de distracción que por civilidad, Rosas acompañó al ministro hasta la puerta de su antegabinete, que daba al pasadizo, donde encontraron a Manuela dando órdenes a la mulata cocinera, que continuaba en su faena del maíz.
Se deshacía Mandeville en cortesías y cumplimientos a la hija del Restaurador, cuando Rosas, por una de esas súbitas inspiraciones de su carácter, mitad tigre y mitad zorro, mitad trágico y mitad cómico, con los ojos y con las manos hacía violentas señas a su hija, que con trabajo pudo, al fin, comprender la pantomima de su padre.