Amalia
Amalia Pero la perplejidad quedó pintada en el semblante de la joven cuando comprendió lo que se le ordenaba hacer; no sabiendo ni lo que contestaba al señor Mandeville, ni si debía o no ejecutar la voluntad de su padre. Una mirada de él, sin embargo, amilanó el espíritu domeñado de Manuela; y esta primera víctima de su padre tomó de manos de la mulata la maza con que machacaba el maíz, y, enrojecido su semblante y trémulas sus manos, continuó en el mortero la operación de la criada.
—¿Usted sabe para qué es ese maíz que pisa mi hija, señor Mandeville?
—No, Excelentísimo señor —respondió el ministro, paseando sus ojos alternativamente de Manuela a su padre y de la cocinera a Viguá, sentado al pie del mortero.
—Eso es para hacer mazamorra —dijo Rosas.
—¡Ah!
—¿Usted no ha comido mazamorra?
—No, Excelentísimo señor.
—Pero esta muchacha no tiene fuerzas. Toda la mañana se la ha llevado en eso, y el maíz todavía está entero. Mírela, ya no puede de cansada. ¡Vaya!, levántese Su Reverencia, padre Viguá, y ayude un poco a Manuela, porque el señor Mandeville tiene las manos muy delicadas, y es ministro.