Amalia

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—¡Oh, no, señor Gobernador! Yo ayudaré con mucho gusto a la señorita Manuelita —dijo Mandeville, acercándose al mortero y tomando la maza de manos de Manuela, que a una seña de su padre se la entregó sin vacilar, comprendiendo entonces la idea que había tenido, y sonriendo de ella.

El ministro de Su Majestad Británica, caballero Mandeville, se dobló los puños de batista de su camisa, y empezó a machacar el maíz a grandes golpes.

—Así; nadie diría que es inglés, sino criollo; así se pisa, ¿ves, Manuela? Aprende —decía Rosas, saltándole el alma y la risa en el cuerpo.

—¡Oh, es una ocupación muy fuerte para una señorita! —exclamó el señor Mandeville, siempre machacando y haciendo saltar una lluvia de fragmentos de maíz sobre el padre Viguá, que se los devoraba con mucho gusto.

—Más fuerte, señor Mandeville, más fuerte. Si el maíz no se quiebra bien, la mazamorra sale muy dura.

El ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de Su Majestad la reina del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda continuaba machacando el maíz para la mazamorra del dictador argentino.

—¡Tatita!

Rosas le tiró del vestido a su hija para que se callase y prosiguió:


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