Amalia

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—Si se cansa, deje no más.

—¡Oh, no, señor Gobernador, no! —le contestó Mandeville, dando cada vez más fuerte, y empezando a sudar por todos sus poros.

—¿A ver? Espérese un poquito —dijo Rosas, acercándose al mortero y revolviendo los granos con su mano.

—Ya está bueno —prosiguió, después de examinar el maíz—, esto es saber hacer las cosas.

Y a tiempo de concluir esas palabras, doña María Josefa Ezcurra apareció en la escena.

—¿Le parece bien a Vuecelencia? —preguntó Mandeville desdoblándose sus puñitos de batista, después de haber saludado a la recién venida.

—Muy bueno está, señor ministro. Manuela, acompaña al señor Mandeville, o llévalo a la sala, si quiere. Conque, hasta siempre, mi amigo. Estoy muy ocupado, como usted sabe, pero yo siempre soy su amigo.

—Tengo mucho honor en creerlo así, Excelentísimo señor, y yo no olvidaré lo que Vuecelencia haría en mi lugar si yo estuviera en lugar de Vuecelencia —dijo el ministro, marcando sus palabras para recordar a Rosas que tenía presente su proyecto de la ballenera.

—Haga usted lo que quiera. Buenos días.

Y Rosas se volvió a su gabinete acompañado de su cuñada, mientras el señor Mandeville daba el brazo a Manuela y pasaba con ella al gran salón de la casa.


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