Amalia

Amalia

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—Como usted de su posición.

—¿No teme usted de sus palabras, señora?

—No, señor. En Buenos Aires sólo los hombres temen; pero las señoras sabemos defender una dignidad que ellos han olvidado.

«Cierto, son peores las mujeres» —dijo Victorica para sí mismo—.

—A ver, concluyamos —continuó, dirigiéndose a Amalia—, tenga usted la bondad de abrir esa papelera.

—¿Para qué, señor?

—Tengo que cumplir ese último requisito, abra usted.

—Pero ¿qué requisito?

—Tengo orden de inspeccionar sus papeles.

—¡Oh! Esto es demasiado, señor; usted ha venido en busca de un hombre a mi casa; ese hombre no está, y debo decir a usted que nada más consentiré que se haga en ella.

Victorica se sonrió y dijo:

—Abra usted, señora, abra usted por bien.

—No.

—¿No abre usted?

—No, no.


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