Amalia
Amalia Victorica se dirigÃa a la papelera cuya llave estaba puesta, cuando Mariño, que habÃa oÃdo el interrogatorio desde el gabinete, se precipitó en el aposento para ver si con un golpe teatral conquistaba el corazón de la altanera Amalia.
—Mi querido amigo —dijo a Victorica—, yo salgo garante de que en los papeles de esta señora no hay ninguno que comprometa a nuestra causa: ni diario, ni carta de los inmundos unitarios.
Victorica retiraba su mano de la llave de la papelera, y ya Mariño creÃa conquistado el derecho a la gratitud de aquel corazón rebelde a sus ternuras, cuando Amalia se precipitó a la papelera, la abrió estrepitosamente, tiró cuatro pequeñas gavetas que contenÃan algunas cartas, alhajas y dinero, y con una expresión marcada de despecho, se volvió a Victorica, dando la espalda a Mariño, y le dijo:
—He ahà cuanto encierra esta papelera, registradlo todo.
Mariño se mordió los labios hasta hacerse sangre.
Victorica paseó sus miradas por los objetos que le descubrió Amalia, y sin tocar ninguno, dijo:
—He concluido, señora.