Amalia
Amalia —Bien, bien, señora. Ahora no hablemos de eso. Necesita usted reposo.
—¿Y cree usted posible tenerlo en este país? ¿No cree usted que en cada minuto tiemblo por su seguridad? Además, una vez que se han fijado las sospechas de Rosas sobre mi casa, ya está sentenciada a continuos insultos; y cada persona que entre a ella, a ser espiada y perseguida también.
—Dentro de ocho días quizá estaremos libres de esta situación.
—No, Daniel, no. La mirada de Dios se ha separado de nuestra patria, y no tenemos que prever sino desgracias. No quiero ni que Amalia pise esta casa.
—Amalia acaba de sufrir la misma visita que usted.
—¿También?
—Sí; hace dos horas.
—¡Ah, ésta es doña María Josefa, mamá!
La señora Dupasquier hizo un gesto como si le hubiesen nombrado el más repugnante objeto de la tierra.
Daniel hizo entonces la relación de cuanto había ocurrido en la quinta de Barracas desde las diez de la noche anterior.