Amalia
Amalia Las páginas de sangre del gobierno de Rosas revelan las víctimas de su tiranía que han caído al puñal o al plomo de los asesinos públicos. Al lado de los nombres de Rosas, de Maza, de Oribe, de todos esos famosos verdugos del pueblo argentino, se escribe continuamente el martirologio de los que se negaron a la ruina y a la degradación de su patria. Pero sólo Dios puede haber escrito en las páginas santas del libro eterno de su justicia la vasta nomenclatura de los que han muerto al influjo de los rigores de esos bandidos, ejercido sobre la organización y la moral. ¡Sólo Dios sabe cuántas madres han ido a la tumba, por las huellas ensangrentadas de sus hijos; cuántas esposas han ido al cielo a buscar el compañero de su existencia, arrebatado de ella por el plomo de Rosas, o por el cuchillo voraz de aquel mendigo de poder, que, arrojado de su patria, fue a vender su mano y su alma a un tirano extranjero, para saciar en la sangre de pueblos inocentes su instinto innato a los delitos, y cuya cabeza sabrá marcar la posteridad con el sello indeleble de su reprobación y de su desprecio!
¡Sólo Dios, sí, sabe cuántas nobles mujeres argentinas han bajado al sepulcro paso a paso, llevadas por la mano de esa época de sangre, y de impresiones rudas sobre su corazón sensible!
—Daniel —dijo madama Dupasquier—, es preciso salir del país; usted y Eduardo, mañana, si es posible. Amalia, yo y mi hija, los seguiremos pronto.