Amalia
Amalia —¿Qué hemos de hacer? Hace tres noches que no duermo, señor Victorica y, en los momentos que concilio el sueño, suspiro mucho, según me dice Pascualita.
—Estará usted enfermo, señor don Felipe.
—De cuerpo no, gracias a Dios, porque yo hago una vida muy arreglada; pero estoy enfermo del ánimo.
—¡Ah, del ánimo!
—¡Pues! Estas cosas no son para mí. Es verdad que yo no he hecho mal a nadie.
—No dicen eso los unitarios.
—Es decir, yo no he mandado fusilar a ninguno. Sé que si son justos me dejarían vivir en paz. Porque yo lo que quiero es vivir cristianamente educando a mis hijos, y acabar la obra sobre la Virgen del Rosario que comencé en 1804 y que después mis ocupaciones no me han dejado concluir. Así es que, si Lavalle es justo, no tendrá por qué ensañarse conmigo, y…
—Dispense usted, señor don Felipe, pero me parece que está usted ofendiendo al Ilustre Restaurador y a todos los defensores de la Federación.
—¿Yo?
—Me parece que sí.
—¿Qué dice usted, señor don Bernardo?
—Digo que es ofender al Restaurador y a los federales suponer que el cabecilla Lavalle pueda triunfar.
—¿Y quién dice que no puede triunfar?