Amalia
Amalia —Lo dice Su Excelencia el Restaurador de las Leyes.
—¡Ah, lo dice!
—Y no me parece que debe desmentirlo el gobernador delegado.
—¡Qué desmentirlo, hombre de Dios! Al contrario, si yo sé muy bien que Lavalle va a encontrar su tumba. Era que me ponía en el caso solamente…
—¿De que triunfase?
—¿Pues?
—Ah, eso es otra cosa —dijo Victorica, que realmente se estaba divirtiendo, aun cuando su seco y bilioso temperamento no se prestaba fácilmente a esas comedias.
—Eso es, eso es; así es como se entienden los hombres.
—Y si fuera posible que nos entendiéramos también sobre algunos asuntos de servicio, habría llenado el objeto de esta visita.
—Hable usted, señor don Bernardo.
—El comisario de la tercera sección está gravemente enfermo, y necesito saber si puede desempeñar interinamente su cargo el comisario de la segunda.
—¿Qué más, señor Victorica?
—La Sociedad Popular despacha patrullas armadas todas las noches, sin conocimiento de la policía.
—Apunte usted todo eso, señor don Cándido.