Amalia
Amalia —Dice muy bien el Excelentísimo señor gobernador. Y es en Alemania donde se trabaja con más perseverancia por descubrir esos fenómenos íntimos, secretos, misteriosos del espíritu humano. Y es en las dignas personas como la del respetable señor cura Gaete, de temperamento nervioso, ardiente, impresionable, en quienes se obran con más frecuencia esos portentosos prodigios de la naturaleza. De lo cual la ilustración del Excelentísimo señor gobernador deduce con mucha propiedad que el estimable señor cura Gaete ha pasado por algún momento de sonambulismo.
—¿Usted se quiere jugar conmigo?
—¿Yo, mi respetable señor?
—Señor don Felipe, ¿usted no es el gobernador delegado?
—Sí, hombre, sí, pero para este caso…
—Para este caso usted me hará justicia, y si no hace prender a ese hombre y a quien yo sé, yo me voy mañana a Santos Lugares a poner la queja al Restaurador.
—Haga usted lo que quiera, pero yo no puedo hacer prender a nadie sin orden de su Excelencia.
—¿Ni a este hombre tampoco?
—Menos. Déme usted pruebas, señor Gaete, pruebas.
—Pero si es el mismo.
—¿Lo vio usted?
—No, pero lo oí.