Amalia

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—Sueño, sonambulismo, mi querido señor —dijo don Cándido.

—Yo lo he de hacer dormir a usted, pero por toda la vida.

—¡Pero, señor Gaete, un sacerdote! —dijo Arana—. ¡Un hombre de las condiciones de usted, hacer así acusaciones sin pruebas; querer así distraer la atención del gobierno en momentos en que todos estamos ocupadísimos con la invasión del cabecilla Lavalle!

—¿Sí? Pues yo también estoy ocupadísimo con la invasión que me hizo este hombre y su compañero.

—No ha sido este hombre, no puede ser, no fue.

—Él fue, señor ministro Arana.

—No fui yo, señor cura de la Piedad —dijo don Cándido, alzando la voz por primera vez, al verse bajo la poderosa protección del gobernador delegado.

—Usted fue: en su cara se lo digo.

—No.

—Usted.

—Repito que no; y protesto una y tres veces contra la ofensa que me hace el poder eclesiástico, gratuita, humillante y calumniosa.

—Despacio; paz, paz —dijo don Felipe.

—En la calle le he de decir yo que me alce la voz —continuó Gaete, echando una mirada aterradora a don Cándido.


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