Amalia

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—No acepto ese desafío, pero nos mediremos cuerpo a cuerpo en el campo de los tribunales.

—¡Paz, por amor de Dios, Paz! —exclamaba Don Felipe.

—Señor ministro, yo me voy, y he de ver al señor gobernador.

—Haga usted lo que quiera.

—Hasta más ver, señor mío —dijo Gaete, mirando a don Cándido y dando la mano a don Felipe.

—Vaya usted, hombre sonámbulo.

Sondiablo lo he de hacer yo a usted.

—Vaya usted, visionario.

—A que…

—Vamos, retírese, padre, retírese.

Y empujando suavemente a Gaete, lo sacó don Felipe fuera del gabinete, mientras don Cándido no cabía dentro de su levitón blanco, después del heroísmo con que acababa de portarse.

—Doy a Vuecelencia las más rendidas gracias, Excelentísimo señor, por la noble y justísima defensa con que ha honrado la causa del más leal y sumiso de sus servidores. Este hombre es un energúmeno, Excelentísimo señor —dijo don Cándido al ver entrar a don Felipe.

—¡Qué! ¿Sabe lo que hay en plata, don Cándido?


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