Amalia

Amalia

El confesionario estaba convertido en otro púlpito de propaganda federal, donde se extraviaba la conciencia del penitente, pintando a Rosas como el protegido de Dios sobre la tierra y mostrando a los unitarios como los condenados por Dios a la persecución de los cristianos…

Y este escándalo, llevado al grado de propaganda diaria, caminaba como una epidemia, por el aire, e iba a infestar y corromper al clero y las nociones de la moral y de lo santo, hasta en los últimos confines de la República.

Uno de los bizarros cuerpos de la cruzada libertadora es deshecho y acuchillado por las fuerzas federales. A su espalda tiene la muerte en el cuchillo de Rosas. A su frente tiene la muerte entre las nieves de los Andes.

Esta invasión a la Naturaleza, en la estación de sus enojos, cuando el hombre no tiene entre los hielos más amparo que Dios, que parece a veces castigarlo por su insensata vanidad, que arrastra el pie mortal donde parece que sólo el rayo del sol y las alas del aire pueden llegar, ofrecía un espectáculo pasmoso.



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