Amalia
Amalia En los últimos días de marzo, el general Lamadrid[34] había sido enviado por Rosas a consolidar su quebrantado poder en las provincias revolucionadas. Pero, casi solo, el valor personal del antiguo contendor de Quiroga no era suficiente para la empresa que se le confiaba, y tuvo que demorarse en Córdoba para reclutar algunos soldados.
Para auxiliar a Echagüe[35] y a Oribe en la provincia de Entre Ríos, acaba Rosas por arrojar el guante a la paciencia del pueblo de Buenos Aires; y en los meses de marzo y abril hace ejecutar esa escandalosa leva de ciudadanos de todas clases, de todas las edades, de todas las profesiones, que no fuesen federales conocidos; y que debían elegir entre marchar al ejército como soldados veteranos, o a dar en dinero el valor de dos, diez y hasta cuarenta personeros, debiendo, entretanto, permanecer en las cárceles o en los cuarteles.
Este primer anuncio de la época del terror que comenzaba, por una parte; y por otra el entusiasmo, la fiebre patria que agitaba el espíritu de la juventud, al ruido de las victorias del ejército libertador, y la propaganda de la prensa de Montevideo, daban origen a la numerosa y distinguida emigración que dejaba las playas de Buenos Aires por entre los puñales de la Mazorca.
La ciudad estaba desierta. Los que huían de los personeros se ocultaban; los que tenían valor y medios, emigraban.