Amalia

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—Adiós, Manuelita. Descanse usted —le dijo Daniel, dándole la mano, y con una expresión tan dulce y consoladora, que, tocada la sensibilidad de aquella desgraciada criatura, sus ojos se nublaron de lágrimas al quedarse completamente sola en su salón.

Mercedes, entretanto, enlazó su brazo al de su compañero, y ambos atravesaron el gran patio, salieron a la calle de Restaurador, y doblaron luego hacia el Correo.

La noche estaba fría. El pobre Daniel iba en cuerpo, pero el calor de la rabia que llevaba al verse tomado por asalto, le impedía felizmente echar de menos su capa.

—No, no vayamos tan ligero —dijo Mercedes.

—Como usted quiera, señora —contestó Daniel.

—Sí, vamos despacio, y ¡ojalá encontrásemos a Rivera!

—¡Sí, sí, ojalá!

—¡Cómo rabiaría!

—¿Es posible?

—¡Toma!

—¿Y por supuesto que me la quitaría a usted?

—¡Qué! Vea usted. Voy a contarle una cosa. La otra noche me encontró que venía de lo de Agustina con un mozo. Me vio, y atravesó a la vereda de enfrente. Yo, que lo conocí en el acto, ¿qué le parece a usted que hice?


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