Amalia
Amalia —Lo llamaría usted.
—¡Qué! Nada. Me hice la que no lo había visto. Empecé a caminar y doblar calles. Casi perdí un zapato que me había enchancletado. Pero, nada; siempre doblando calles; Rivera sigue que sigue, por la vereda de enfrente. Yo conocía que venía ardiendo, y dale; a propósito lo hacía: hablaba despacio, me paraba de cuando en cuando, me reía de repente, hasta que al fin, llegamos a casa, después de haber andado más de una hora con Rivera por detrás. Allí fue la buena; gritó hasta más no poder; pero, al cabo, tuvo que venirse a las buenas; se hincó, me besó la mano, y después…
—Y después quedarían las paces hechas, como entre dos buenos esposos —le dijo Daniel interrumpiéndola, y persuadido ya de que lo mejor era sacar un alegre partido de la conversación con aquella original criatura.
La más original, sin duda, en la familia de Rosas, donde todos los caracteres tienen alguna novedad; la más original pero la menos ofensiva, y la de mejor corazón. Con ese apellido, tan histórico desgraciadamente, ninguna mujer ha obrado el mal; y ningún hombre ha dejado, más o menos, de hacer sentir los arranques de su carácter despótico.
—Y después quedarían las paces hechas, como entre dos buenos esposos —había dicho Daniel.