Amalia

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Tres de aquéllos se adelantaron a reconocer los que venían por el camino del Bajo. Y examinándolos detenidamente estaban, cuando el resto de la comitiva llegó a ellos.

—Me debe usted un caballo, general —dijo Daniel, con ese tono de confianza que sabía tomar en los momentos más difíciles, y con el que desarmaba al más malicioso y perspicaz, luego que conoció al general Mansilla, que hacía esa noche el servicio de jefe de día.

—¿Usted por aquí, Bello? —contestó el general.

—Sí, señor; yo por aquí, después de haber andado más de una legua por la costa del río a ver si daba con usted, pues que no lo he encontrado en las inmediaciones de ninguno de los cuarteles de la ciudad. No hay más: me debe usted un caballo, pues que el mío ya no puede más después de lo que he corrido en su busca.

—Pero quedó usted en ir a casa a las once, y he salido a las once y cuarto.

—¿Entonces, yo tengo la culpa?

—Por supuesto.

—Bien, me confieso culpable, y no reclamo el caballo.

—¿Y hay novedad, general?

—Ninguna.

—Pero yo le he pedido a usted que quiero ver nuestros soldados en sus cuarteles.


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