Amalia
Amalia En un ángulo de esta habitación se veía otra figura humana, y al parecer con vida. Era ella la de un viejecito de sesenta a sesenta y dos años de edad, de fisonomía enjuta, escuálida, sobre la que caían los guedejas de un desordenado cabello, casi blanco todo él, y cuyo cuerpo flaco, y algo contrahecho, por la elevación del hombro izquierdo sobre el derecho, estaba vestido con una casaca militar de paño grana, cuyas charreteras cobrizas, con sus canelones más decrépitos que el portador de ellas, caían de los hombros, la una hacia el pecho y la otra hacia la espalda. Una faja de seda roja, rala y mugrienta como la casaca, le ataba a la cintura un espadín, que parecía heredado de los primeros cabildantes del virreinato; y un pantalón de color indefinible, y unas botas lustradas con barro, completaban la parte ostensible del vestido de aquel hombre, que sólo mostraba señales de vida por las cabezadas que daba, en la terrible lucha que había emprendido con el sueño.
En el ángulo opuesto, hacia espaldas del hombre del sombrero de paja, había en el suelo el cuerpo de un hombre, enroscado como una boa. Era ese hombre un mulato gordo y bajo al parecer, pero indudablemente vestido con el manteo de un sacerdote, y que dormía, tendido y pegando sus rodillas contra el pecho, un sueño profundísimo y tranquilo.