Amalia
Amalia —Y la gloria eterna del Restaurador de las Leyes —agregó Mansilla; y todos cuantos allà habÃa bebieron su copa, pero en silencio.
—¡Comandante Mariño!
—Pronto, señor —contestó éste acercándose al general Mansilla, que le dijo, separado de los demás:
—Haga usted que toda esta gente se acueste; la cosa puede ser larga, y no es bueno que se fatiguen tanto.
—¿Hago levantar el puente?
—No hay para qué.
—¿Cree usted, general, que esta noche no haya novedad?
—Ninguna.
—¿Se retira usted ya?
—SÃ; voy a visitar otros cuarteles, y me voy a dormir.
—Lleva usted un buen compañero.
—¿Quién?
—Bello.
—¡Ah, es una alhaja este muchacho!
—¿De qué, general?
—No sé si es oro, o cobre dorado, pero brilla —dijo Mansilla, sonriendo, y dando la mano a Mariño.