Amalia

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XVII. Patria, amor y amistad

Daniel entró a su casa y él mismo condujo su caballo al pesebre, porque no lo esperaba su fiel Fermín, y los otros criados nada sabían de las excursiones nocturnas de su señor; él despertó a uno, sin embargo, y le mandó que estuviese pronto para recibir sus órdenes.

Eran las cuatro de la mañana, y cuando entró en sus habitaciones, alumbradas por una mustia lámpara, echó de menos el fuego de su chimenea, porque el frío de la madrugada empezaba a hacerse sentir con el rigor con que se mostró en el invierno de 1840. Pero no estaba Fermín, y ningún otro criado podía entrar a las habitaciones de Daniel.

El joven encendió una bujía, y lo primero que hizo fue pasar al aposento en que dormía Eduardo, contiguo al suyo.

El sueño era agitado en aquella robusta organización, cuyo espíritu apasionado estaba combatido por tan distintas impresiones, después de cuatro meses; y en su hermoso semblante grabado estaba un ceño duro, revelador de las imágenes adustas que en aquel momento estaban quizá hiriendo su estimulada imaginación.


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