Amalia

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Contemplóle Daniel un largo rato; conoció que no hacía mucho tiempo que dormía, por lo poco que quedaba de la vela a cuya luz había estado leyendo un volumen de la Revolución Francesa. Vio en Eduardo la imagen palpitante y viva de la persecución y la desgracia que sufría la juventud de la República, y elevándose más su espíritu a medida que las ideas se sucedían en él, llegó a creer que tenía delante de sus ojos una personificación de la actualidad, en cuya suerte podría estudiar el destino de la generación a que pertenecía.

Pálido, ojeroso, abrumados su espíritu y su cuerpo por el trabajo, la labor y la ansiedad continua, Daniel pasó a su bufete y se echó en su sillón.

Pero, de repente, separando de sus sienes sus lacios y descompuestos cabellos, sentóse a su escritorio, y, tranquilo, con ese semblante sereno que se descubría en él cuando una alta idea lo preocupaba, sacó algunas cartas de un secreto de su escritorio, leyólas, tomó la fecha de una de ellas, y escribió luego la siguiente, que leyó después con completa calma:

Al señor Buchet Martigny, etc., etc.

Buenos Aires, 1º de septiembre de 1840.

A las cuatro de la mañana.


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