La ideologia alemana

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Cuán purificado de todos los apetitos carnales y de todos los afanes del mundo se siente hoy el santo varón lo revela su violenta polémica contra la sensualidad feuerbachiana. Bruno no ataca, en modo alguno, el modo extraordinariamente limitado cómo Feuerbach reconoce la sensualidad. Considera ya como un pecado, en cuanto tal intento, el intento fracasado de Feuerbach de escabullirse de la ideología. ¡Naturalmente, la sensualidad, el placer de los ojos, el placer de la carne, las costumbres cortesanas, son un escándalo abominable ante dios! ¿Acaso no sabéis que el aferrarse a la carne es la muerte y que es en el espíritu donde están la vida y la paz, y que todo lo carnal es de este mundo? ¿Y no sabéis también lo que dice la Sagrada Escritura?, de que las obras de la carne son patentes y manifiestas, son el adulterio, la prostitución, la impureza, el desenfreno, la idolatría, la magia, la hostilidad, la discordia, la envidia, la ira, la disensión, el arrebato, el odio, el asesinato, la embriaguez y la gula, y tantas cosas más por el estilo, de las que ya os he dicho y os digo ahora una vez más que quien las cometa no es digno de entrar en el reino de la crítica, sino que ¡ay de ellos, pues siguen el camino de Caín y caen en el error de Balaam, corrompidos por el placer y se dejan arrastrar a la sedición de Cora! Estas inmundicias se estrellan contra vuestras limosnas sin pudor, se alimentan de sí mismas, son nubes sin agua, arrastradas por el viento, árboles pelados y estériles, dos veces muertos y desarraigados, olas locas del mar que vuelcan en espumarajos su propia abominación, estrellas errabundas entre las tinieblas eternas. Pues hemos leído que en los últimos días vendrán tiempos espantosos, hombres infatuados, abominaciones, gentes impúdicas más aficionadas a la voluptuosidad que a la crítica y propensos a la sedición, en una palabra, seres carnales. Seres aborrecidos por san Bruno, que solo vive para el espíritu y odia el ropaje manchado de la carne; por eso condena a Feuerbach, a quien considera como la Cora de la sedición, a quedarse en la puerta, con los perros y los magos y los prostituidos y los homicidas. «La sensualidad», ¡qué horror!, no solo produce en el santo padre de la iglesia estremecimientos y convulsiones, sino que lo hace, incluso, cantar, y así le vemos entonar, en la p. 121, «el cántico del final y el final del cántico». La sensualidad… ¿acaso sabes, desdichado, lo que la sensualidad es? La sensualidad es… «un palo», p. 130. En sus convulsiones, san Bruno se debate una de las veces con una de sus tesis, como en su día se debatiera Jacob con dios, con la diferencia de que dios deslomó a Jacob, mientras que el santo epiléptico desloma y destroza su tesis, esclareciendo de este modo, a la luz de varios ejemplos palmarios, la identidad del sujeto y el objeto:


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