La ideologia alemana
La ideologia alemana «Si arriba se dijo: “Para los antiguos, el mundo era una verdad”, ahora debemos decir: “Para los modernos, era una verdad el espíritu”, pero sin olvidar ni entonces ni ahora añadir algo importante: “una verdad cuyo error se esforzaban por descubrir y que, por último, llegaron a descubrir, realmente”», p. 33. Si no queremos hacer construcciones stirnerianas, «debemos decir, ahora»: para los modernos, la verdad era un espíritu, a saber, el espíritu santo. Jacques le bonhomme vuelve a representarse a los modernos, no en su entronque histórico real con el «mundo de las cosas», que a pesar de envejecer, sigue existiendo, sino en su comportamiento teórico y, concretamente, religioso; de nuevo nos encontramos con que la historia de la Edad Media solo existe para él como historia de la religión y de la filosofía; todas las ilusiones de estas épocas y las ilusiones filosóficas acerca de estas ilusiones son creídas a pie juntillas. Y, después que san Max ha dado, así, a la historia de los modernos el mismo giro que a la de los antiguos, le es fácil descubrir y demostrar en ella «una trayectoria semejante a la que presentaba la de la Antigüedad», y con la misma rapidez con que pasa de la filosofía antigua a la religión cristiana, pasa de esta a la filosofía alemana moderna. Él mismo caracteriza su ilusión histórica, p. 37, cuando descubre que «los antiguos no podían poner de manifiesto más que la sabiduría universal» y que «los modernos no han ido ni van nunca más allá del conocimiento de dios» y cuando formula la solemne pregunta: «¿Qué trataban los modernos de descubrir?». Lo mismo los antiguos que los nuevos no hacen, en la historia, otra cosa que «tratar de descubrir algo», los antiguos el mundo de las cosas, los modernos el mundo del espíritu. Y, a la postre, los antiguos se encuentran «sin mundo» y los modernos «sin espíritu»; los antiguos se empeñaban en ser idealistas y los modernos en ser realistas, p. 485, pero a unos y a otros les preocupaba solamente lo divino, p. 488: «la historia, hasta ahora», es, «solamente la historia del hombre espiritual» (¡qué fe, la suya!), p. 442; en una palabra, volvemos a encontrarnos aquí con el niño y el adolescente, el negro y el mongol y con toda esa terminología de las «múltiples mutaciones». La manera especulativa según la cual los hijos engendran a los padres y lo anterior es obra de lo posterior se adapta ahora a las exigencias de la fe. Los cristianos tienen necesariamente que descubrir de antemano «el error de su verdad», tienen que ser necesariamente, desde el primer momento, ateos y críticos embozados, como ya se sugirió al hablar de los antiguos. Y, no contento con esto, san Max nos da un nuevo ejemplo de su «virtuosismo en el pensamiento» (especulativo), p. 230: