La ideologia alemana
La ideologia alemana Por tanto, cuando Szeliga conoce verdaderamente un objeto, el objeto deja de ser tal objeto y se convierte en «la verdad». Primera fabricación de espectros en gran escala. No se trata ya de conocer los objetos, sino de conocer la verdad; primero, Szeliga conoce verdaderamente objetos, luego fija esto como verdad del conocimiento y, por último, lo convierte en conocimiento de la verdad. Y, una vez que Szeliga ha dejado que el tonante santo le imponga la verdad como espectro, su severo señor le asalta con el problema de conciencia de si está «para siempre» grávido del anhelo de verdad, a lo que el desconcertado Szeliga prorrumpe antes de tiempo con la respuesta de que la verdad es, para él, sagrada. Pero, enseguida se da cuenta de su desliz y trata de corregirlo, convirtiendo, avergonzado, los objetos en verdades, ya no en la verdad y abstrayendo como la verdad de estas verdades «la verdad», que ya no puede descartar, una vez que la ha diferenciado de las verdades descartables. Y, con ello, la verdad es «eterna». Pero, no contento con atribuirle predicados como los de «sagrada y eterna», la convierte en lo sagrado y en lo eterno como sujeto. Ahora, san Max puede explicarle, naturalmente, que, al hacer que «more en él» lo santo, él mismo queda «santificado» y que «no debe asombrarse» si, a partir de ahora, ya no encuentra en él «más que un fantasma». Tras de lo cual el santo comienza un sermón: «Tampoco lo sagrado es para tus sentidos», y termina muy consecuentemente con un «y»: «jamás descubrirás como hombre sensible su huella»; una vez, por supuesto, que los objetos sensibles «han llegado a ser todos» y ha aparecido en su lugar «la verdad», «la sagrada verdad», «lo sagrado». «Sin que sea» —¡de suyo se comprende!— «para tu fe o, más concretamente todavía para tu espíritu» (para tu falta de espíritu), «puesto que es de suyo un algo espiritual» (per appositionem)[82], «un espíritu» (también per appositionem), «es espíritu para el espíritu». Tal es el arte de convertir el mundo profano, los «objetos», por medio de una serie aritmética de aposiciones, en «espíritu para el espíritu». Por ahora, no podemos hacer otra cosa que admirar este método dialéctico de las aposiciones; más tarde, tendremos ocasión de entrar a fondo en él y exponerlo en toda su clasicidad. El método de la aposición puede también invertirse; por ejemplo, aquí donde, después de haber creado ya «lo sagrado», no recibe nuevas aposiciones, sino que se convierte en la aposición de una determinación nueva: es la conjunción de la progresión con la ecuación. Así, «el pensamiento restante» de cualquier proceso dialéctico se convierte «en otro» al que «yo debo servir más que a mí mismo» (per appositionem), «que debe ser más importante para mí que todo» (per appositionem), «en una palabra, algo en que tendría que buscar mi propia salvación» (y, finalmente, per appositionem, el retorno a la primera serie), «… un algo “sagrado”», p. 48. Estamos ante dos progresiones equiparadas entre sí y que, de este modo, pueden dar ocasión a una gran variedad de ecuaciones. De esto hablaremos más tarde. Mediante este método, tenemos también que «lo sagrado», que hasta ahora solo conocíamos como una determinación puramente teórica para actitudes puramente teóricas, adquiere un nuevo sentido práctico, como «algo en que tendría que buscar mi propia salvación», lo que permite convertir a lo sagrado en la antítesis del egoísta. Por lo demás, apenas hace falta decir que todo este diálogo, con el sermón que viene después, no es sino una repetición más de la historia del adolescente con que nos hemos encontrado ya por tres o cuatro veces. Una vez aquí, habiendo llegado ya al «egoísta», cortamos el «hilillo» de Stirner, de una parte porque tenemos que exponer su construcción en toda su pureza, libre de todos los intermezzos intercalados y, de otra parte, porque estos intermezzi (Sancho, por analogía «del lazaroni», Wigand, p. 159 —debería decir lazzarone—, diría: Intermezzi’s) se presentarán ya de suyo en otros pasajes del libro, donde Stirner, muy lejos de «replegarse en sí mismo», según él supone, por el contrario, se vuelca constantemente, una vez y otra, hacia afuera. Nos limitaremos a señalar que la pregunta formulada en la p. 45: ¿qué es esto distinto del yo que es el espíritu?, aparece contestada ahora diciendo que es lo sagrado, es decir, lo ajeno al yo, y que todo lo ajeno al yo —por virtud de algunos aposiciones tácitas, aposiciones «en sí»— se concibe según esto, sin más, como espíritu. El espíritu, lo sagrado, lo ajeno, son representaciones idénticas, a las que se declara la guerra, como ya había sucedido casi literalmente muy al principio, a propósito del adolescente y del hombre. Estamos, pues, exactamente donde estábamos en la p. 20; no hemos avanzado un solo paso.