La ideologia alemana
La ideologia alemana Al final del mundo antiguo, los antiguos se disuelven, según aquí se nos asegura, en puros estoicos, «a quienes no saca de quicio ningún hundimiento del mundo» (¿cuántas veces y con cuánta frecuencia ha de hundirse el mundo?), p. 125. Los antiguos se convierten, pues, en chinos, a quienes «ningún caso imprevisto» (o ningún desplome) «arranca del cielo de su serenidad», p. 88. Más aún, Jacques le bonhomme está realmente convencido de que «el impulso mecánico que viene de fuera resultará ineficaz» contra los últimos antiguos. Basta leer, entre otros autores, a Luciano para darse cuenta de hasta qué punto corresponde esto a la situación real de los romanos y los griegos al final del mundo antiguo, a aquel estado de total precariedad e inseguridad incapaz de oponer al «impulso mecánico» ni un residuo de vis inertiæ[93]. Los formidables impulsos mecánicos que el Imperio romano recibió al ser repartido entre diversos emperadores y por las guerras de estos entre sí, por la gigantesca concentración de la propiedad, principalmente de la propiedad de la tierra en Roma y por la merma de la población de Italia que ello trajo consigo, por los hunos y los germanos, fueron, según nuestro santo historiador, ineficaces; solo las «tensiones químicas», solo los «gases» «provocados en el interior» por el cristianismo, echaron por tierra al Imperio romano. Los grandes cataclismos [en Occidente] y en Oriente, entre otras causas, los cientos de miles de seres sepultados entre las r[uinas] de sus ciudades [por las] «fuerzas mecánicas», [lo que] no dejó de conmover también espiritualmente a los hombres, [fueron] también, según Stirner, «[in]eficaces» o tensiones químicas. Y «en realidad» (!), «la historia antigua termina cuando yo me conquisto mi propiedad en el mundo», lo que se demuestra por medio de la sentencia bíblica: «A mí» (es decir, al Cristo) «me han sido confiadas todas las cosas por mi padre». Por tanto, aquí, el yo es igual al Cristo. Y a propósito de esto, Jacques le bonhomme no desperdicia la ocasión para expresar su fe de que Cristo podía mover las montañas, «siempre y cuando ello le interesara». Se proclama, como Cristo, señor del mundo, pero solamente en cuanto Cristo; se proclama «propietario del mundo». «Con ello había alcanzado el egoísmo su primera victoria total, al levantarme yo a ser el propietario del mundo», p. 124. Para levantarse como el Cristo acabado y perfecto, el yo stirneriano solo tenía que librar el combate que le convirtiera también en carente de espíritu (cosa que logró, ya antes de que fueran las montañas). «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos». San Max lleva a la perfección la pobreza de espíritu y, llevado de su gran alegría, se gloría de ello ante el señor.