La ideologia alemana

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Y ahora, después de habernos encontrado con los antiguos como el niño, el negro, el caucasiano negroide, el animal, el católico, la filosofía inglesa, el inculto, el no hegeliano, el mundo de las cosas y los realistas, y con los modernos como el adolescente, el mongol, el caucasiano mongólico, el hombre, el protestante, la filosofía alemana, el culto, el hegeliano, el mundo de los pensamientos, los idealistas, después de haber sucedido todo lo que el consejo de los guardianes había decretado desde hacía una eternidad, los tiempos, por fin, se han consumado. La unidad negativa de ambos, que se había manifestado ya como el hombre, el caucasiano, el caucasiano caucásico, el cristiano perfecto, en forma de siervo, visto «por un espejo en una palabra oscura» (1.a los Cor., 13, 12), puede ahora, después de la pasión y la muerte de Stirner en la horca y la ascensión de Szeliga a su gloria, retornando a la más simple imposición de nombres, entronizarse en las nubes del cielo con una gran fuerza y un gran esplendor. «Y ahora está escrito»: lo que antes era el «se» (cfr., «La economía del Antiguo Testamento») se convierte ahora en el «yo», en la unidad negativa de realismo e idealismo, del mundo de las cosas y el mundo del espíritu. Esta unidad de realismo e idealismo se llama en Schelling «indiferencia» o, traducido al berlinés Jleichjiltigkeit[95]; en Hegel, es la unidad negativa en la que los dos momentos son superados; pero san Max, que, como buen espíritu especulativo alemán, no deja todavía en paz a la «unidad de los contrarios», no se da por contento con esto y quiere ver ante sí esta unidad en un «individuo corpóreo», en un «sujeto de cuerpo entero», a la que le ayuda, sacándole del trance, Feuerbach en las Anekdotis y en la Filosofía del Futuro. Este «yo» stirneriano que sale a relucir al final del mundo actual, no es, pues, un «individuo corpóreo», sino una categoría construida con arreglo al método hegeliano reforzado por aposiciones, cuyos nuevos «saltos de pulga» tendremos ocasión de seguir en el Nuevo Testamento. Aquí, nos limitaremos a observar que este yo brota, en última instancia, forjándose acerca del mundo del cristiano las mismas fantasías que el cristiano se forja acerca del mundo de las cosas. Así como el cristiano se apropia el mundo de las cosas «metiéndose en la cabeza» toda suerte de fantasías acerca de él, el «yo» se apropia el mundo cristiano, el mundo de los pensamientos, por medio de una serie de cavilaciones fantásticas acerca de este mundo. Stirner cree a pies juntillas lo que el cristianismo se imagina acerca de su actitud ante el mundo, lo da por probado y lo hace suyo bondadosamente.


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