La ideologia alemana

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La lucha en torno «al hombre» es la realización de aquellas palabras escritas por Cervantes en el capítulo XXI de su obra, «que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino». Nuestro Sancho, que todo lo imita en su antiguo amo y señor y actual escudero, ha «jurado conquistar el yelmo de Mambrino» a los hombres para sí. Y después de buscar en vano el ansiado yelmo, en sus distintas «salidas», entre los antiguos y los modernos, los liberales y los comunistas, «descubrió un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro», y habló así a Don Quijote-Szeliga: «Si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre el que yo hice el juramento que sabes». «Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace», replico a esto Don Quijote, a quien los altos habían enseñado la cordura. «¿No veis aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?». «Lo que yo veo y columbro», respondió Don Quijote, «no es sino un hombre sobre un asno, pardo como el vuestro, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra». «Pues ese es el yelmo de Mambrino», dijo Sancho. Entretanto, se acercó, cabalgando apaciblemente sobre su borrica, la crítica, el santo barbero Bruno, con su bacía de barbero sobre la cabeza; san Sancho endereza contra él su lanza, san Bruno salta de la burra al suelo, deja atrás la bacía (por eso aquí, en el Concilio, lo vemos entrar sin este aditamento) y corre a campo traviesa, «porque es el crítico en persona». San Sancho recoge, loco de contento, el yelmo de Mambrino, y como Don Quijote observe que es completamente igual que una bacía de barbero, contesta Sancho: «Sin duda esta famosa pieza deste encantado yelmo por algún extraño accidente debió venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo esta que parece bacía de barbero, como tú dices; pero, parezca lo que pareciere a ojos profanos, para mí, que conozco su valor, todo es uno y lo mismo».


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