Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion La burguesía alemana se había desarrollado con tanta languidez, tan cobardemente y con tal lentitud que, en el momento en que se opuso amenazadora al feudalismo y al absolutismo, se encontró con la beligerante oposición del proletariado y de todas las capas de la población urbana cuyos intereses e ideas eran afines a los del proletariado. Y se vio hostigada no sólo por la clase que estaba detrás, sino por toda la Europa que estaba delante de ella. La burguesía prusiana no era, como la burguesía francesa de 1789, la clase que representaba a toda la sociedad moderna frente a los representantes de la vieja sociedad: la monarquía y la nobleza. Había descendido a la categoría de un estamento apartado tanto de la Corona como del pueblo que pretendía enfrentarse a ambos y estaba indecisa frente a cada uno de sus adversarios por separado pues siempre los había visto delante o detrás de sí misma, inclinada desde el primer instante a traicionar al pueblo y a pactar un compromiso con los representantes coronados de la vieja sociedad, pues ella misma pertenecía ya a la vieja sociedad. No representaba los intereses de una nueva sociedad frente a una sociedad vieja, sino unos intereses renovados dentro de una sociedad caduca. Colocada al timón de la revolución, no porque la siguiese el pueblo, sino porque el pueblo la empujaba ante sí. Situada a la cabeza, no porque representase la iniciativa de una nueva época social, sino porque expresaba el rencor de la vieja época social. Era un estrato del viejo Estado que no había podido aflorar por sus propias fuerzas, sino que había sido arrojada a la superficie del nuevo Estado por la fuerza de un terremoto, sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo, gruñendo contra los de arriba y temblando ante los de abajo, egoísta frente a ambos y consciente de su egoísmo, revolucionaria frente a los conservadores y conservadora frente a los revolucionarios, recelosa de sus propios lemas —palabras en lugar de ideas—, empavorecida ante la tempestad mundial y explotándola en provecho propio, sin energía en ningún sentido y plagiando en todos los sentidos, vulgar por carecer de originalidad y original en su vulgaridad, regateando con sus propios deseos, sin iniciativa, sin fe en sí misma y sin fe en el pueblo, sin una vocación histórica mundial. Un viejo maldito que está condenado a dirigir y a desviar en su propio interés senil los primeros impulsos juveniles de un pueblo robusto; sin ojos, sin orejas, sin dientes, una ruina completa: tal era la burguesía prusiana cuando, después de marzo, se encontró al timón del Estado prusiano.