Llamando a las puertas de la Revolucion

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Admiráis la encantadora variedad y la riqueza inagotable de la naturaleza. No exigís que la rosa tenga el mismo perfume que la violeta, pero queréis que lo más rico de todo, que es el espíritu, sólo exista de un modo. Soy un humorista, pero la ley ordena que se escriba de un modo serio. Soy un atrevido, pero la ley prescribe que mi estilo sea recatado. Gris sobre gris: he ahí el único color lícito de la libertad. Cada gota de rocío en que se refleja el sol brilla en un juego inagotable de colores, ¡y queréis que el sol del espíritu, al refractarse en incontables individuos e innumerables objetos, se manifieste en un solo color, en el color oficial! La forma esencial del espíritu es la alegría, la luz, ¡y queréis hacer de la sombra su modo adecuado de expresarse, queréis que sólo ande vestido de negro, como si hubiera una sola flor negra! La esencia del espíritu es la verdad siempre igual a sí misma, y ¿en qué tratáis de convertir su esencia? En la modestia. Sólo el harapo es modesto, dice Goethe, y ¿en ese harapo queréis vosotros convertir el espíritu? Pero si la modestia a que os referís es aquella modestia del genio de que habla Schiller, lo primero que tenéis que hacer es convertir en genios a todos los ciudadanos de vuestro Estado, empezando por vuestros censores. Además, la modestia del genio no consiste en lo que consiste el lenguaje de la cultura, en no tener acento ni hablar en dialecto, sino en tener el acento de la cosa misma y en hablar en el dialecto de su esencia. Consiste en olvidarse de la modestia y la inmodestia para desentrañar el fondo de la cosa. La modestia general del espíritu es la razón, aquella liberalidad universal que sabe comportarse ante cualquier naturaleza con arreglo a su carácter esencial.


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