Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion Su mujer es la hermana del ministro prusiano Von Westphalen. Agradable y culta, se ha acostumbrado a la vida bohemia loca de amor por su marido y se siente perfectamente en casa en tal miseria. Tiene dos chicas y un chico, los tres realmente guapos y con los ojos inteligentes del padre. Como padre y esposo, Marx es el hombre más amable y suave a pesar de su carácter salvaje e incansable. Vive en uno de los peores, y por tanto de los más baratos, barrios de Londres. Ocupa dos habitaciones; una de ellas da a la calle —el salón—; el dormitorio da al interior. No se puede encontrar un solo mueble limpio y sólido en todo el piso: todo está roto, andrajoso y partido, hay una gruesa capa de polvo en todas partes y también en todas partes, un desorden enorme. En medio del salón hay una gran mesa pasada de moda cubierta con un hule. Sobre ella descansan manuscritos, libros y periódicos, los juguetes de los niños, el costurero de su mujer, junto a varias tazas desportilladas, cucharas, cuchillos y tenedores sucios; bombillas, un tintero, gafas, pipas de cerámica holandesas, cenizas de tabaco; en pocas palabras, todo patas arriba y sobre la misma mesa. Un ropavejero retrocederÃa avergonzado por tal notable colección. Cuando entras en la habitación de Marx, el humo y el vapor del tabaco hacen que te lloren los ojos de tal manera que por un momento crees estar avanzando a tientas en una cueva. Tus ojos se acostumbran gradualmente a la niebla y puedes distinguir algunos objetos. Todo está sucio y cubierto de polvo. Es realmente peligroso sentarse. Una silla sólo tiene tres patas. En la otra, que parece entera, están los niños jugando y cocinando. Es ésta la que ofrecen a las visitas, pero lo que han cocinado los niños no ha sido limpiado: si te sientas, arriesgas los pantalones. Nada de esto avergüenza a Marx o a su mujer. Te reciben de la forma más amigable: te ofrecen de la forma más cordial pipas y tabaco y todo lo que pudiera haber. La conversación, intelectualmente animosa y agradable, corrige alguna de estas deficiencias domésticas, al menos en parte. Una vez que uno se acostumbra a la compañÃa, encuentra este cÃrculo interesante, incluso original. Ésta es la verdadera imagen de la vida familiar del jefe de los comunistas: Marx.