Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion «Hombre» debería significar «ser racional»; «hombre libre» debería significar «republicano». Esos superburgueses no quieren ser ninguna de ambas cosas. ¿Qué pueden aún ser y querer?
Lo que quieren, vivir y multiplicarse (y según Goethe nadie alcanza a más), lo quieren también los animales. Lo único que a lo sumo añadiría aún un político alemán es que el hombre además sabe que lo quiere, y que el alemán es tan juicioso como para no querer ya nada más.
Habría que comenzar por volver a encender en el pecho de estos hombres la consciencia de sí, la libertad. Sólo este sentimiento, desaparecido con los griegos y evaporado por el cristianismo en el azul del cielo, puede volver a convertir la sociedad en una comunidad de hombres con el más alto de los fines: un Estado democrático.
En cambio, los hombres que no se sienten tales se les multiplican a sus señores como una cría de esclavos o una yeguada. El linaje de los señores es el fin de toda esta sociedad. A ellos les pertenece este mundo, que toman como es y se siente. También a sí mismos se toman como son, quedándose plantados allí donde les crecieron los pies: sobre los pescuezos de estos animales políticos, ignaros a toda otra condición que la de ser «sumisos, amables y dóciles».