Llamando a las puertas de la Revolucion

Llamando a las puertas de la Revolucion

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La monarquía no tiene otro principio que el hombre deshumanizado y despreciable. Y Montesquieu está muy equivocado cuando hace del honor ese principio. Con su distinción entre monarquía, despotismo y tiranía sale del paso. Pero éstos no son más que nombres de un concepto, a lo sumo una diversidad de costumbres bajo el mismo principio. Allí donde el principio monárquico se halla en mayoría, los hombres se encuentran en minoría; donde se halla por encima de toda duda, no hay hombres. ¿Por qué un hombre como el rey de Prusia —que no tiene por qué sentirse problemático— no va a seguir simplemente su capricho? ¿Y qué pasará si lo hace? ¿Planes contradictorios? Bueno, pues no se hace nada. ¿Impotencia de las diversas orientaciones? Así como así no hay otra realidad política. ¿El ridículo y los apuros? No hay más que un ridículo y un apuro: tener que descender del trono. Mientras el capricho se halle en su sitio, tendrá razón. Ya puede ser tan voluble, atolondrado, despreciable como quiera; siempre bastará para gobernar a un pueblo que nunca ha conocido otra ley que el arbitrio de sus reyes. Esto no quiere decir que un sistema descabellado y el desprestigio dentro y fuera carezcan de consecuencias, no seré yo quien garantice el barco de los locos. Pero lo que sí aseguro es: el rey de Prusia será un hombre de su tiempo hasta que el mundo al revés deje de ser el mundo real.


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