Llamando a las puertas de la Revolucion

Llamando a las puertas de la Revolucion

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Los alemanes son realistas tan sensatos que sus deseos y pensamientos más audaces nunca van más allá de la pura subsistencia. Esta realidad, y ninguna otra, es la que aceptan sus señores. También éstos son realistas. Se encuentran muy lejos de todo lo que sea pensar y de toda grandeza humana oficiales corrientes y terratenientes. Pero no se equivocan, tal y como son tienen razón, se bastan por completo para explotar y dominar este mundo animal (dominación y explotación son un solo concepto aquí como en todas partes). Y cuando reciben el homenaje de sus súbditos o dejan vagar su mirada sobre ese mar de cabezas sin cerebro, ¿qué se les va a ocurrir más que el pensamiento de Napoleón a la orilla del Berézina? Según se cuenta, exclamó ante su acompañante señalando el hervidero de los que se ahogaban: «Voyez ces crapauds!»[24]. Esta noticia malintencionada seguramente es mentira, pero no por eso deja de ser verdad. El despotismo no tiene otro pensamiento que el desprecio del hombre, la deshumanización del hombre; un pensamiento que tiene sobre otras muchas la ventaja de ser a la vez un hecho. El déspota siempre ve a los hombres envilecidos, ahogándose por él y ante sus ojos en el fango de la vida vulgar, un fango en el que constantemente se reproducen como las ranas. Si esta idea se impone incluso a hombres capaces de grandes fines, como Napoleón antes de que le diese su locura dinástica, ¿cómo un rey vulgar y corriente iba a ser idealista en esta realidad?


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