Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion Esta acumulación originaria tiene en la economía política el mismo papel, aproximadamente, que el pecado original en la teología. Adán mordió la manzana y con eso cayó el pecado sobre el género humano. Se explica el origen del pecado narrándolo como anécdota del pasado. En tiempos remotos hubo, por un lado, una élite aplicada, inteligente y, ante todo, ahorradora; y por otro, unos golfos haraganes que dilapidaban en juergas todo lo que tenían y más. La leyenda del teológico pecado original nos explica cómo el hombre está condenado a ganarse el pan con el sudor de la frente; en cambio, la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita en modo alguno hacer eso. Es igual. Así ocurrió que los primeros acumularon riqueza y los últimos, al final, no tuvieron para vender nada más que su propio pellejo. Y de ese pecado original data la pobreza de la gran masa, que pese a todo su trabajo, sigue sin tener nada que vender más que a sí misma, y la riqueza de los pocos, que aumenta constantemente aunque éstos dejaron de trabajar hace mucho tiempo. Semejante desabrida puerilidad se dedica a rumiar todavía hoy, por ejemplo, el señor Thiers, con solemne seriedad de estadista y en defensa de la propriété, ante los franceses, en otro tiempo tan agudos. Pero es que cuando se pone en juego la cuestión de la propiedad, se convierte en deber sagrado mantener el punto de vista de la cartilla infantil como lo único justo para todas las categorías de edad y todos los estadios de desarrollo personal. En la historia real tienen, como es sabido, papel de protagonistas la conquista, el sometimiento, el asesinato, la violencia, dicho brevemente. En la suave economía política, dominó desde siempre el idilio. Derecho y «trabajo» fueron desde siempre los únicos medios de enriquecerse, exceptuando siempre, naturalmente, «el año en curso». En realidad, los métodos de la acumulación originaria son cualquier cosa menos idílicos.