Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion El dinero y la mercancía no son desde el primer momento capital, como tampoco lo son los medios de producción y de vida. Necesitan una conversión en capital. Pero esa conversión no puede ocurrir más que en circunstancias determinadas que se resumen en lo siguiente: tienen que enfrentarse y entrar en contacto dos clases muy diferentes de poseedores de mercancías: por una parte, propietarios de dinero, medios de producción y medios de vida, para los cuales se trata de valorizar la suma de valores que poseen mediante la compra de fuerza de trabajo ajena; por otra parte, trabajadores libres, vendedores de trabajo. Trabajadores libres en el doble sentido de que ni se cuentan directamente entre los medios de producción —como los esclavos, los siervos, etcétera—, ni les pertenecen los medios de producción como al campesino económicamente autónomo, sino que son libres, sueltos y exentos. Con esta polarización del mercado de mercancía, quedan dadas las condiciones fundamentales de la producción capitalista. Y la relación del capital presupone la división entre los trabajadores y la propiedad sobre las condiciones de realización del trabajo. Cuando la producción capitalista se yergue sobre sus propios pies, no sólo mantiene aquella separación sino que además la reproduce a escala constantemente ampliada. El proceso que crea la relación del capital no puede, pues, ser sino el proceso de separación del trabajador de la propiedad sobre sus condiciones de trabajo, proceso que, por una parte, convierte en capital los medios sociales de vida y producción y, por otra, a los productores directos en trabajadores asalariados. La llamada «acumulación originaria» no es, pues, nada más que el proceso histórico de separación entre productor y medios de producción. Se presenta como «originario» porque constituye la prehistoria del capital y del modo de producción correspondiente a éste.