Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion Este mismo Drummond, cuya hermosa alma se entusiasma con los intentos capitalistas de elevar a la clase trabajadora, cuenta en el mismo informe, entre otros asuntos, cosas de las fábricas algodoneras modelo de los Lowell y Lawrence Mills. Los comedores y dormitorios de las muchachas obreras pertenecen a la sociedad anónima propietaria de la fábrica; las directoras de esas casas están al servicio de esa misma sociedad, la cual les prescribe las reglas de conducta; ninguna muchacha puede entrar en casa después de las diez de la noche. Pero la perla es ésta: una Policía especial de la sociedad patrulla por la zona para impedir que se viole ese reglamento. A partir de las diez de la noche no se deja entrar ni salir a ninguna chica. Ninguna obrera puede hospedarse en otro lugar que no sea el terreno propiedad de la sociedad, cada casa del cual reporta a la sociedad aproximadamente diez dólares de alquiler semanal; y he aquí al consumidor racional en toda su gloria:
Y como el omnipresente piano se encuentra en muchos de los mejores locales destinados a hospedaje de las trabajadoras, la música, el canto y el baile desempeñan una función importante, al menos para aquellas que, después de diez horas de trabajo constante ante el telar, necesitan más distracción tras la monotonía que verdadero descanso (p. 142).