Llamando a las puertas de la Revolucion

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Si compro los servicios de un profesor —u otro lo hace por mí—, no para desarrollar mis capacidades sino para estar en mejores condiciones de ganar dinero, y si realmente aprendo algo que sea de por sí absolutamente independiente del pago del servicio, estos gastos de aprendizaje, al igual que el costo de mi sustento, forman parte de los costos de producción de mi fuerza de trabajo. Pero la utilidad específica de este servicio no altera para nada la relación económica; no se trata de una relación en la que yo convierta el dinero en capital o mediante la que quien presta los servicios, el profesor, me convierta a mí en su capitalista, en his master. Y por tanto, en nada afecta a la función económica de esta relación el hecho de que el médico me cure o no, que las enseñanzas del profesor sean o no provechosas, que el abogado gane o pierda el pleito. Lo que se paga es la prestación del servicio en cuanto tal sin que quien lo preste pueda, por la naturaleza misma del servicio, garantizar el resultado de éste. Gran parte de los servicios figuran entre los costos de consumo de mercancías, como ocurre con los de la cocinera, la doncella, etcétera.





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