Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion Hace casi treinta años que critiqué el lado mistificador de la dialéctica hegeliana, en una época en la que aún estaba de moda. Pero precisamente cuando componía el primer tomo de El capital, los impertinentes, soberbios y mediocres epígonos que hoy tienen la gran palabra en la Alemania instruida, se complacían en tratar a Hegel como el bueno de Moses Mendelssohn a Spinoza en tiempos de Lessing, esto es, como a «perro muerto». Por eso me profesé abiertamente discípulo de aquel gran pensador y hasta coqueteé aquí y allá, en el capítulo sobre la teoría del valor, con el modo de expresión que le era característico. La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel no impide en modo alguno que él sea el primero en exponer de un modo abarcador y consciente sus formas generales. La dialéctica queda bocabajo en manos de Hegel. Hay que revolverla para descubrir el núcleo racional en el místico tegumento.
La dialéctica fue moda alemana en su forma mistificada porque parecía transfigurar lo existente. En su figura racional es un escándalo y un horror para la burguesía, porque abarca en la compresión positiva de lo existente, también y al mismo tiempo, la comprensión de su negación, de su ocaso necesario; concibe toda forma devenida en el flujo del movimiento, o sea también por su lado perecedero, no se deja impresionar por nada y es, en esencia, crítica y revolucionaria.