Llamando a las puertas de la Revolucion

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SPECULUM IX

Señora:

Vuestra Alteza Imperial, la última vez que tuve el honor de veros expresasteis cierta curiosidad sobre Karl Marx y me preguntasteis si lo conocía. Resolví, por consiguiente, aprovechar la primera oportunidad para conocerlo pero ésta no se produjo hasta ayer cuando lo encontré a la hora de la merienda y pasé tres horas en su compañía.

Es un hombre bajo, bastante pequeño, de cabello y barba grises que contrastan de manera extraña con su todavía oscuro bigote. La cara es, en cierta manera, redonda: la frente bien formada y llena; los ojos bastante duros pero su expresión más agradable que desagradable, de ninguna manera la de un caballero acostumbrado a devorar recién nacidos que es, debo decir, el punto de vista que tiene la Policía.

Su discurso es el de un hombre bien informado, es más, el de un hombre docto —muy interesado en la gramática comparada, que lo condujo hacia el eslavo antiguo y otras materias poco conocidas—, trufado de giros pintorescos y pizcas de un humor seco, como cuando hablando de La vida del príncipe Bismarck, de Hesekiel, siempre se refería a él, por contraste con el libro del doctor Busch, como «el Antiguo Testamento».


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