Los nacionalismos contra el proletariado
Los nacionalismos contra el proletariado Desde el siglo XV los burgueses de las ciudades se habían hecho más indispensables a la sociedad que la nobleza feudal. Sin duda, la agricultura era la ocupación de la gran masa de la población y, como consecuencia, la rama principal de la producción. Pero los pocos campesinos libres aislados que se habían mantenido acá y allá, a pesar de las intromisiones de la nobleza, demostraban suficientemente que, en la agricultura, lo esencial no era la holgazanería y las exacciones del noble, sino el trabajo del campesino. Por otro lado, las necesidades de la nobleza misma habían aumentado y se habían transformado hasta el punto de que, incluso para ella, las ciudades se habían vuelto indispensables; ¿no sacaba de las ciudades el único instrumento de su producción, su coraza y sus armas? Los tejidos, los muebles y las joyas indígenas, las sedas de Italia, los encajes de Brabante, las pieles del Norte, los perfumes de Arabia, los frutos del Levante, las especies de las Indias, lo compraba todo a los habitantes de las ciudades; todo, menos el jabón. Se había desarrollado cierto comercio mundial; los italianos surcaban el Mediterráneo y, más allá, las costas del Atlántico hasta Flandes; a pesar de la aparición de la competencia holandesa e inglesa, los mercaderes de la Hansa dominaban todavía el Mar del Norte y el Báltico. Entre los centros de navegación marítima del Norte y del Sur se había mantenido el enlace por tierra; las rutas por las que se practicaba pasaban por Alemania. Mientras que la nobleza se hacía cada vez más superflua y obstaculizaba cada vez más la evolución, los burgueses de las ciudades se convertían en la clase que personificaba el progreso de la producción y del comercio, de la cultura y de las instituciones políticas y sociales.
