Miseria de la filosofia
Miseria de la filosofia Si hubierais dicho a un artesano del siglo XVI que serían abolidos los privilegios y toda la organización feudal de la industria para sustituirlos por la emulación industrial, denominada competencia, os habría respondido que los privilegios de las diversas corporaciones, cofradías y gremios son la competencia organizada. Eso mismo dice el señor Proudhon al afirmar que «la emulación no es otra cosa que la competencia».
«Ordenad que a partir del 1.º de enero de 1847 sean garantizados a todo el mundo el trabajo y el salario: inmediatamente, a la tensión impetuosa de la industria sucederá un inmenso estancamiento».
En lugar de una suposición, de una afirmación y de una negación tenemos ahora una ordenanza que el señor Proudhon dicta expresamente para demostrar la necesidad de la competencia, su eternidad como categoría, etc.
Si nos imaginamos que para salir de la competencia no hacen falta más que ordenanzas, jamás se saldrá de ella. Y llevar las cosas hasta proponer la abolición de la competencia manteniendo el salario, equivale a proponer un despropósito por decreto real. Pero los pueblos no proceden en virtud de decretos reales. Antes de recurrir a tales ordenanzas, los pueblos tienen que haber cambiado al menos de arriba abajo sus condiciones de existencia industrial y política, y por consiguiente toda su manera de ser.