Pedro y Juan
Pedro y Juan En cualquiera otra ocasión no hubiera él comprendido, ni siquiera creído posibles insinuaciones de esa naturaleza aplicables a su pobre madre, tan buena, tan sencilla, tan digna. Pero tenía el alma perturbada por la envidia que fermentaba en él. Su espíritu sobrexcitado, en acecho por decirlo así, y a pesar suyo, de todo lo que podía perjudicar a su hermano, había quizás atribuido a la muchacha intenciones odiosas que no tenía. Podía suceder que sólo su imaginación, aquella imaginación que no dominaba, que escapaba sin cesar a su voluntad, vagaba libre, aventurera y suspicaz por el universo infinito de las ideas, concibiendo algunas verdaderamente vergonzosas que se escondían en los pliegues insondables de su alma. Su corazón tenía indudablemente secretos para él, y sintiéndose herido había encontrado en aquella duda abominable un medio de privar a su hermano de la herencia que envidiaba. En aquel momento investigaba todos los misterios de su pensamiento, como hacen los devotos examen de conciencia.