Pedro y Juan

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Seguramente la señora de Rosemilly, aunque su inteligencia fuese limitada, tenía el tacto, el instinto y la perspicacia sutil de las mujeres, y sin embargo no se le había ocurrido esta idea, toda vez que brindó a la memoria bendita del difunto Marechal, cosa que no hubiera hecho si hubiese tenido la menor sospecha. Así, pues, ya no dudaba de que, por un lado el disgusto involuntario que le había producido la herencia de su hermano, y por otro el amor religioso que profesaba a su madre, habían exaltado sus escrúpulos exagerados, por más que fuesen piadosos y respetables.

Al formular esta conclusión quedó satisfecho como de una buena acción, y resolvió mostrarse agradable con todos, empezando por su padre, que le irritaba sin cesar con sus manías, sus necias afirmaciones, sus opiniones vulgares y su mediocridad harto visible.

No se retrasó a la hora de almorzar, y entretuvo a toda la familia con su ingenio y su buen humor.

Su madre le decía encantada:

—Tú no sabes, Perico, qué gracioso y qué simpático eres cuando te acomoda.

Y él seguía hablando y haciendo retratos ingeniosos de sus amigos. Beausire le servía de blanco para sus tiros, que también alcanzaban, aunque discretamente, a la señora de Rosemilly. Al referirse a ella pensaba, mirando a su hermano: «Defiéndela, cobarde; por más que seas rico, yo te eclipsaré siempre que quiera».


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