Pedro y Juan
Pedro y Juan Izaron la mesana, levaron ancla y la barca, una vez libre, bogó tranquilamente por el agua inalterable del puerto. El débil soplo de viento que salía de las calles daba en lo alto de la vela tan suavemente que apenas se percibía, y la Perla parecía animada de una vida propia, la vida de los barcos, empujada por una fuerza misteriosa oculta en sí misma. Pedro había cogido la barra, y con el cigarro en la boca, las piernas extendidas sobre el banco, los ojos medio cerrados bajo los rayos deslumbradores del sol, miraba pasar en dirección opuesta las enormes piezas de madera embreada del rompeolas.
Cuando salieron al mar doblando la punta del muelle del Norte que les abrigaba, la brisa, más fresca, lamió el rostro y las manos del doctor como una caricia un poco fría, entró en su pecho, que se abrió para aspirarla en un largo suspiro, y llenando la vela que se hinchó hizo inclinar la Perla y aligeró su marcha.
Juan Bart izó el foque, cuyo triángulo, lleno de viento, parecía un ala, y ganando la popa de dos zancadas desamarró la caña del timón que había amarrado al mástil.
Entonces la barca, corriendo de bolina con gran velocidad, produjo un sonido dulce y vivo de agua fugitiva.