Pedro y Juan

Pedro y Juan

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El tajamar abría el agua como la reja de un arado abre la tierra, y la onda, que levantaba flexible y llena de espuma, se redondeaba y caía como cae, negra y pesada, la tierra labrada de los campos.

A cada ola que encontraban —y eran cortas y frecuentes— la Perla experimentaba una sacudida que la hacía temblar desde la punta del foque hasta el timón, que se estremecía en la mano de Pedro; y cuando el viento soplaba más fuerte durante algunos momentos, el agua lamía las bordas, como si quisiera invadir la barca. Un vapor carbonero de Liverpool estaba al ancla esperando la marea; dieron la vuelta en derredor de la gran nave, luego visitaron una después de otra todas las embarcaciones que había en la rada, y por fin se alejaron un poco para ver la extensión de la costa.

Durante tres horas Pedro, tranquilo, satisfecho y contento, vagamundeó por el agua, gobernando como a un animal alado aquella cosa de madera y lona, que iba y venía a su capricho, obedeciendo a una presión de sus dedos.

Soñaba como se sueña sobre el lomo de un caballo o en el puente de un buque, pensando en un porvenir lisonjero y en lo grato de vivir con inteligencia. Al día siguiente pediría a su hermano que le prestase, por tres meses, mil quinientos francos, con objeto de instalarse inmediatamente en la bonita habitación del boulevard de Francisco I.


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