Pedro y Juan

Pedro y Juan

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De repente dijo el marinero:

—Señor Pedro, hay que volver: viene la bruma.

Levantó los ojos y vio hacia el Norte una sombra gris, profunda y ligera que llenaba el cielo y cubría la mar, corriendo hacia ellos, como una nube caída de lo alto.

Viró en redondo, y viento en popa hizo rumbo hacia el muelle, seguido por la bruma rápida que le alcanzaba. Cuando llegó a la Perla, envolviéndola en su imperceptible espesor, un estremecimiento de frío recorrió los miembros de Pedro, y un olor de humo y de humedad, el olor extraño de las nieblas marinas, le hizo cerrar la boca para no paladear aquella nube húmeda y helada. Cuando la barca recobró en el puerto su puesto de costumbre, la ciudad entera estaba ya envuelta en aquel vapor tenue que mojaba como una lluvia menuda y resbalaba sobre las casas y las calles como un río que corre.

Pedro, con los pies y las manos heladas, entró en su casa y se tendió en la cama para dormir hasta la hora de comer. Cuando entró en el comedor, su madre decía a Juan:

—La galería estará preciosa. La llenaremos de flores, ya verás. Yo me encargaré de cuidarlas y renovarlas. Cuando des una fiesta tendrá un aspecto de palacio encantado.

—¿De qué hablan Uds.? —preguntó el doctor.


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