Pedro y Juan
Pedro y Juan —De una habitación deliciosa que acabo de alquilar para tu hermano. Un hallazgo, un entresuelo que da a dos calles. Tiene dos salones, una galería de cristales y un comedor pequeño en forma de rotonda.
Pedro palideció y sintió que la ira le oprimía el corazón.
—¿Dónde está situada? —dijo.
—En el boulevard de Francisco I.
Ya no había duda, y se sentó tan irritado que estuvo a punto de gritar: «Esto es demasiado; todo para él».
Su madre, radiante de alegría, seguía hablando:
—Y figúrate que me lo han dado por dos mil ochocientos francos. Querían tres mil, pero he obtenido esa rebaja prometiendo firmar un compromiso por tres, seis o nueve años. Tu hermano estará allí perfectamente. Basta una casa elegante para hacer la fortuna de un abogado. Esto atrae a los clientes, los seduce, los conserva, les inspira respeto y les hace comprender que un hombre así alojado haga pagar caras sus palabras.
Calló algunos segundos, y añadió:
—Luego habrá que buscar otro cuarto para ti, más modesto, puesto que tú no tienes nada, pero también bonito. Eso te servirá de mucho.
Pedro contestó desdeñosamente:
—Pienso llegar a tener algo por medio del trabajo y de la ciencia.