Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Pedro miraba a su madre, ¡que había mentido! La miraba con una cólera exasperada de hijo engañado, defraudado en su afección sagrada, y con la ira celosa del hombre mucho tiempo ciego que descubre por fin una traición vergonzosa. Si hubiera sido el marido de aquella mujer, él, su hijo, la hubiera cogido por los brazos, por los hombros o por los cabellos, y la hubiese tirado al suelo golpeándola y aplastándola. Y no podía decir nada, ni hacer nada, ni revelar nada. Era su hijo; no tenía nada que vengar, a él no le había engañado.

Pero sí, le había engañado en su cariño, en su piadoso respeto. Ella se debía a él irreprochable, como se deben todas las madres a sus hijos. Si el furor de que estaba poseído llegaba casi hasta el odio, era porque la creía más criminal para con él que para con su mismo padre.

El amor del hombre y la mujer es un pacto voluntario, y el que falta no es culpable más que de perfidia; pero cuando la mujer se hace madre, su deber aumenta porque la naturaleza le ha confiado una raza. Si entonces sucumbe es cobarde, indigna o infame.

—En fin —dijo de repente Roland, estirando las piernas debajo de la mesa, como hacía todos los días para beber su copa de cuasia—, no es malo vivir sin trabajar cuando se tiene para pasarlo. Supongo que Juan nos dará grandes comidas. Tanto peor si yo atrapo alguna indigestión.


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