Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Luego añadió, volviéndose a su mujer:

—Ya que has acabado de comer, ve a buscar ese retrato. Me alegraré de verlo.

La madre se levantó, tomó una bujía y salió. Después de una ausencia que pareció larga a Pedro, aunque no duró más de tres minutos, la señora de Roland volvió sonriente, llevando cogido por la anilla un cuadrito dorado de forma antigua.

—Aquí está; lo he encontrado en seguida.

El doctor tendió la mano el primero. Recibió el retrato, y estirando el brazo en toda su extensión, lo examinó de lejos. Después, comprendiendo que su madre le miraba, levantó lentamente los ojos hacia su hermano para comparar, y le faltó poco para exclamar, movido por la violencia: «Se parece a Juan». Si no osó pronunciar estas terribles palabras, manifestó su pensamiento por el modo de comparar la figura viviente con la pintada.

Tenían seguramente puntos de contacto: la misma barba y la misma frente, pero nada bastante preciso para poder decir: «He aquí el padre, y he aquí el hijo». Era más bien un aire de familia, un parentesco de fisonomías que anima la misma sangre. Pero lo más decisivo para Pedro que la semejanza de los rostros fue que su madre se había levantado, y vuelta de espaldas fingía guardar con demasiada lentitud el azúcar y la copa de cuasia en un armario.


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